El joven Werther, proyección de una de las personalidades de Goethe, no soportó su complicada vida y terminó quitándosela. Este personaje se convirtió en un ícono de la filosofía romántica por representar ese estado de auto-contemplación excesiva, espontánea, al parecer justa y comprensible, por el que optaría el ser humano, hombre o mujer, al enfrentar la vida y sus retos. Werther era una especie de “Emo” un poco más elegante y limpio.
Sin embargo, aunque muchos críticos algo exigentes dirían que sus melancolías eran narcisas y superficiales, el joven Werther al menos tenía el nivel humano para sumergirse en sus penas, entenderlas y preguntarse qué hacer con ellas. El punto está en que sentía placer en ese estado de auto-contemplación. Cuando pensaba en sí mismo, en su soledad, en sus sentimientos, en sus sensaciones en ésta u otra situación, definitivamente se sumergía en un mundo rico en experiencias, en repliegues, en cambios, en idas y venidas de colores. Estaba vivo y solo consigo mismo: “siento, luego existo”. Le gustaba estar solo, sentía placer pensando en sí mismo, imaginándose soluciones o peligros, luces o tinieblas. [...] no me abrumes con ese aumento de equipaje! [...] aquí me basta mi corazón. Solo echaba de menos un canto que me arrullase, y he encontrado en Homero más de lo que buscaba. Cuántas veces templo con sus versos el hervor de mi sangre! Porque tú no conoces nada más desigual, ni más variable que mi corazón…
Y esto, déjenme decirlo, es comprensible ¿Quién no se admiraría ante la riqueza del alma humana? ¿Quién no encontraría nuevos e interesantes procesos y fenómenos internos en el interior de una persona? ¿Qué mejor que dedicarse a investigar en uno mismo? ¿no es acaso seguro, confiable y cálido andar metido en nuestro propio vientre?
Y ocurre lo siguiente, el romanticismo del siglo XIX ha sido criticado por “simular” ser una especie de época reflexiva que habría posado su mirada sobre las experiencias interiores del ser humano. La simulación estaría en que, en realidad, no picaron tan profundo, sino que se quedaron en una introspección epidérmica que llegó solo al nivel de los sentimientos, sensaciones y emociones pasajeras. Creo que la crítica no va por ahí.
No tiene nada de malo posarse sobre la afectividad humana como objeto y fin de un estudio. Los románticos estudiaron el alma humana y se especializaron en eso. El biólogo que busca observar, entender y re-crear los principios de la vida natural no tiene que estudiar medicina para realizar su labor. Alguno dirá “de qué le sirve estudiar la vida si no sabe cómo curarla” pero este criterio es falaz. El filósofo es filósofo preguntándose por las causas, por el sentido de la existencia y lo hace sin tener que hurgar en la lógica teológica y sus principios. Alguno dirá “pero toda explicación viene de arriba y la filosofía es la sierva de la teología” pero esto también es falaz y se hiere de muerte al principio de autonomía de las ciencias y las realidades humanas.
Si bien es cierto el biólogo tiene como uno de sus fines últimos que la vida se conserve, no es un plebeyo por no estudiar medicina. Si bien la profundidad del alma no se agota en los sentimientos y en las experiencias psicológicas, éstos son inapreciables objetos de estudio y admiración per se, sin necesidad de nada más.
La crítica que le haría al romanticismo del XIX y a cualquier “sentimentalismo” del siglo XXI es que, servidos en nuestra mesa, nos hacen descubrir ese insano placer que se experimenta cuando nos drogamos con nuestro propio yo. No era su intención simular, no eran estafadores. Creían en ese opio, estaban enamorados de sí mismos. El sentimentalismo que se les transmite a nuestros jóvenes través de la música, el arte o los MCS es peligroso porque es adictivo, placentero y rico como un chicle. Dulce y sabroso al inicio pero insípido y seco al final.
Lo que determina que un adolescente se quede ensimismado y estúpido frente a sus procesos emotivos y mentales es que le genera cierto placer. Nuestros sueños nos dan una falsa seguridad porque “ocurren” en nuestro interior. Disfrutamos mucho el estado de andar imaginando qué haríamos en ésta o aquella situación, sacándonos la lotería, viendo como nuestro amor platónico nos pide perdón o se fija en nosotros, o como se construye automáticamente la casa de nuestros sueños. Pero también disfrutamos que eso no ocurra y sentimos placer pensando lo injusta que es la vida, lo injusto que es Dios, lo injusta que es la gente, el sistema, las leyes, nuestros jefes, todos… sentimos placer siendo jueces imaginarios de lo que nos rodea, juzgando, sentenciando y terminando vidas y problemas en nuestra cabeza. ¿Cuánto influyen hoy en día los medios de comunicación y las modas para despertar este nuevo narcisismo aún más superficial y simplón que el del joven Werther?