Hace un tiempo colgué en este mismo blog un video de Steve Jobs dando un discurso en Stanford. Era la conferencia magistral del evento de graduación. Qué tal conferencia. El tipo mostró porque Apple es lo que es. Detrás del CEO de la compañía más prestigiosa en el mundo tecnológico existe un líder con una historia personal muy rica, llena de repliegues y enseñanzas. Sin embargo, a Jobs esa historia personal no le hubiera servido de nada si no hubiera tenido la capacidad de categorizarla, de interpretarla, de entender los “mensajes” que ésta le daba.
El link del video es éste. Luego de verlo piensen en estos 3 temas:
1. La historia siempre se entiende a posteriori, nunca a priori. Esto es muy importante porque uno no puede profetizar lo que viene. Nadie puede ver el futuro (me refiero al futuro de la sociedad, la vida, el mundo). Nadie puede tampoco aprender de lo que no ha vivido. Por lo tanto, nadie puede arriesgarse a hacer algo nuevo pensando “lo que voy a hacer resultará” porque no puede estar seguro de ello. El riesgo que corren los emprendedores o “visionarios” comporta un margen de error muy grande y acertar o no, depende siempre de la cantidad de información que se tiene y esta información siempre se basa en experiencias similares ya ocurridas, esto es, se basa en la historia. Así que el más visionario dio cada uno de sus pasos sobre la base de información del pasado. La prudencia es la madre del buen aprendizaje y la reflexión la raíz de los grandes emprendimientos.
2. La historia nos muestra que las grandes ilusiones terminan derrumbándose y los pequeños detalles suelen crecer con el tiempo. Los grandes sistemas de pensamiento pasan de moda. Las más atractivas corrientes culturales se quedan eternizadas en un par de libros. Lo que nos parece grandioso o muy importante termina luego “en el archivador” y se convierte en vanidad de vanidades. Un estudio de postgrado, un programa tecnológico o una creación intelectual, todo se corroe con el tiempo, como un libro en una biblioteca. Sin embargo, a los pequeños detalles les pasa lo contrario. Ellos son los que nos pasan la factura: un asunto no resuelto, una ley o una ordenanza equivocada, una construcción mal hecha, un diseño mal concebido, etc. Las pequeñas decisiones luego son las razones que generaron las grandes crisis y los grandes monumentos se van descascarando y carcomiendo quizás porque nosotros mismos los descascaramos con el fin de digerirlos.
3. La historia NO puede ser una autopsia fría y técnica del pasado. Esto último se desprende de los primeros puntos. Los historiadores de hoy aunque se quieren alejar del positivismo y el historicismo, no lo hacen, porque también prescinden -y quizás más- del componente ético, pasional, espiritual intrínseco al núcleo de cualquier hecho humano. Les explico por qué: hablan de los hechos y procesos históricos como si fuesen o procesos mecánicos economicistas o momentos en el obligatorio desarrollo de sistemas de búsqueda de poder, presentes ambos en todos los seres humanos (aceptando así que existe alguna naturaleza humana aunque si les preguntásemos por ella, la negarían).
Los análisis productivos, económicos, políticos y religiosos del pasado parecen autopsias técnicas de muertos fríos. Los españoles que nos conquistaron fueron corruptos que justificaron sus anhelos de poder con la religión; los indios fueron una especie súper productiva y eficiente que funcionaba sobre redes de control, organización y disciplina; los señores feudales fueron sujetos autoritarios movidos siempre por su afán de mantenerse en el poder y controlar la tierra, los burgueses fueron una clase pujante y rebelde que quería liberarse del yugo de los nobles y eclesiásticos; y así, empiezan a disecar a nuestros personajes históricos con un barniz opaco y rígido, colocándoles en la base etiquetas globales, injustas y generalmente materialistas, sin referencia a lo espiritual, a lo ético, a lo afectivo y pasional.
Cuando escuchamos el discurso de Jobs, nos encontramos con una lectura profunda, sencilla, afectiva de su pasado. Conecta los puntos y aprende de su vida porque va más allá de mecanismos de poder, motivaciones económicas, envases de género o cualquier tipo de ideología. Su sencilla aproximación es una muestra de como la intuición derrumba las construcciones ideológicas más sólidas, justamente porque al ser ideológicas se edificaron con dogmas simplones y pequeños.
Jobs no es Dios. Al contrario, su discurso me recuerda la famosa película animada Ratatouille: cualquiera puede ser un chef. Cualquiera puede ser historiador. La capacidad de historiar no radica en la cantidad de marcos teóricos que tenemos, sino en nuestra capacidad de entrar en contacto con lo humano, con lo real, con lo espiritual. Hay que romper con la historia ideologizada. Buena parte de la famosa historia contemporánea es más esclava de etiquetas, sistemas, ideologías y posturas de moda que la historia positivista, que aunque fría y objetivista, por lo menos no pecaba de torcida y cerrada.