Muchas veces me he preguntado por qué aunque el sentido común y las evidencias gritan, igual no les hacemos caso. Y hoy pensando en el tema encontré al menos una primera sencilla respuesta.
Les pongo dos ejemplos. Acaba de aparecer un estudio que prueba que el Viagra no funciona el 50% de la veces en que se consume. Es un reverendo fracaso la mitad de las veces en que un tipo gasta su plata en comprarlo. Sin embargo, en una conversación entre dos tipos de cuarenta y tantos, se dice “cómprate tu pastillita, total, no pierdes nada… Además, estás casado pero no muerto”. Cada vez se vende más Viagra y la propaganda liberal nos entierra en el cerebro la bala que nos dice que deberíamos tener sexo hasta los 80 años y nunca dejar de excitarnos… Y, finalmente, aunque funcione la mitad de las veces, igual lo compran y lo consumen.
Susana Villarán se reúne con un grupo de transexuales, homosexuales y personas de similares tendencias. En su speech, romántico y absurdo a la vez, defiende a las trabajadoras sexuales y afirma que su labor es legal, buena y que el Estado debería protegerlas, darles seguridad y ayudarlas para no ser marginadas. ¿Te parece bien que un señor casado salga de su casa y se acueste con una trabajadora sexual? ¿Te parece bien que un mocoso de quince años inicie su vida sexual con un@ de estas chic@s? Te aseguro que no te parece bien. Villarán no aceptaría que su esposo se despida de ella diciéndole, “adios amorcito, me voy a tener sexo con una de las trabajadoras sexuales que tú defiendes, después vengo y me encargo de ti”. Sin embargo, en este mundo de brutos, donde Gastón Acurio es un intelectual; en este mundo de inmorales, donde Villarán puede ser un modelo de limpieza para los jóvenes ingenuos que quieren ser izquierdistas solo por un asunto de moda… En este mundo de mediocres la gente te dice “no seas intolerante, las trabajadoras sexuales se sienten bien haciendo lo que hacen, ¿por qué te metes con ellas?”. Les aseguro que no se sienten bien ni son felices, son miserables y no harían lo que hacen si tuvieran el dinero y las oportunidades. No hay que protegerlas, hay que reubicarlas y ayudarlas psicológicamente, Susana.
¿Qué ocurre, entonces? Estos hechos absurdos son los frutos maduros y apetitosos del relativismo. En una sociedad relativista cualquier opinión es válida y por lo tanto absoluta en sí misma. No importa si el sentido común, la evidencia o mil estudios te dicen que los condones no son la solución al problema, “si quieres -te dice esta cultura relativista- úsalos… Nadie tiene por qué decirte que no lo hagas”. No importa si el sentido común, la evidencia o mil estudios te dicen que el control de la natalidad es perjudicial para una sociedad, si le conviene a los laboratorios y a un puñado de feministas amargadas, “bueno pues -te dice nuestra época- cambiemos todas las leyes de los siempre fáciles de manipular estados latinoamericanos”. Si todo vale, entonces todo está blindado. Si toda opinión es válida, entonces cada opinión es un dogma irrefutable y podemos hacer lo que nos da la gana.
¿Qué nos falta? Dejar de pensar en el “qué dirán” o en lo que la moda nos dice y pensar con nuestras propias neuronas. Nos falta conectar con nuestro sentido común, con nuestra conciencia. Yo imagino a muchos jóvenes en conversaciones en las que, aunque no están de acuerdo con la liberalización de las drogas o el aborto, no lo dicen por miedo, y se dejan impresionar porque un par de sus amigos vienen con dos o tres argumentos superficiales. Yo imagino a muchos jóvenes que, teniendo mucha fe y siendo muy religiosos, no dicen nada al respecto y niegan su religiosidad cuando algún individuo viene y les cuenta un par de cuentos sobre Galileo y Juana de Arco.
No sé si eres católico, cristiano protestante, ateo o agnóstico, pero seas lo que seas, estás llamado a ser auténtico y a ser crítico con la propaganda, con el qué dirán, con las modas, con las frases comerciales o ideológicas que buscan convertirte en un anónimo consumidor. Seas lo que seas, deberías ser un cazador de verdades, de certezas profundas. No deberías creerle a un Bayly simplemente porque habla bien, ni a Villarán porque es la primera izquierdista blanca que no se suena los mocos en público, ni a un Gastón porque sabe cocinar. Tu cerebro vale más de lo que crees, puedes pensar por ti mismo y construir tus propias ideas, creencias y principios de vida. No dejes que el mercado o cualquier ideología de gabinete sea quien te dicte qué decir y qué no decir. Conéctate contigo mismo y empieza a ser crítico. ¿Gastón, intelectual? Por favor.