Hace unos meses una empresa sacó una propaganda televisiva en la que se mostraba una escena totalmente atípica: un científico peruano ganaba el Premio Nobel. En la propaganda se podía ver cómo los dos personajes que veían la noticia en la TV no se admiraban sino que por el contrario seguían en lo suyo.
Las buenas noticias (ciertamente en medio de una realidad aún desigual) nos caen cada vez con más frecuencia. No es que no nos hayamos admirado del Nobel de Vargas Llosa, pero si se dan cuenta, nadie lo percibió como un “milagro”. Sin abandonar la gratitud y la humildad que el caso amerita, este premio se siente como parte de una corriente positiva, de una cosecha compartida por muchos compatriotas que la están “rompiendo” a nivel mundial, parte de una época de crecimiento y desarrollo que, gracias a estos eventos, podemos determinar con seguridad que son integrales.
La economía va bien, a nivel macro y micro, nuestros indicadores de competitividad mejoran año tras año, mal que bien, nuestras instituciones se fortalecen, la gastronomía es quizás nuestra mejor bandera, nuestro cine, nuestra música, nuestros cantantes no dejan de sobresalir a nivel internacional, nuestros deportistas sacan pecho, el turismo crece, y nuestro mejor literato nos regala el mejor premio.
Decir que el premio de Mario Vargas Llosa no nos ha hecho perder el piso no es desmerecerlo. Al contrario, representa quizás el punto más alto al que hemos llegado en esta racha bastante positiva. Racha positiva que no debe ser cuestionada por ideologías negativas, grises, dialécticas, rancias. Racha positiva que no debe ser teñida de retóricas ambiguas o utilizada con fines políticos-partidarios. Se ha premiado a un ser humano, a un personaje peruano de la cultura universal, a un local que trascendió muchos límites y que ha vuelto a mostrar, como lo hizo Vallejo en su momento, que el Perú es un pueblo con vocación universal, no solo con vocación continental.
Nuestras felicitaciones a Mario Vargas Llosa, defensor del desarrollo, de la democracia, de la libre sensatez y del mercado competitivo. No somos discípulos de todas sus ideas ni avales de todo su accionar a lo largo de su historia personal, pero ¿quién dice que la vida y pensamiento de los grandes hombres deberían ser absolutamente aceptados? Nadie. Así que, en este mundo poblado de miles de millones de seres humanos imperfectos, vale la pena congratular a uno que sacó la cabeza de la espesa e insípida arena humana en la que este mundo globalizado nos viene hundiendo.