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No hay que ser creyente, católico, cristiano o de cualquier otra confesión para percibir y ver que el ser humano tiene, quizás entre otros, dos dinamismos muy concretos: uno que se plasma en esa necesidad que tiene de entrar en sí mismo para conocerse y hurgar en sus repliegues interiores y otro que consiste en ese querer compartir con los demás su ser, buscando encontrarse con otros iguales a él. Me parece razonable además pensar que ambas dinámicas tengan de fondo algo común: Misterio.

Y creo que el misterio es el fondo común de aquellas dinámicas humanas porque si nos contemplamos un momento y somos sinceros, veremos que hay muchas cosas de nosotros mismos que no llegamos a entender ni a tener totalmente claras, por más veces que hayamos tratado de profundizar en la causa de nuestros actos, de nuestro temperamento, gustos, tendencias o habilidades. Y por otro lado, siempre hay una cuota de incomprensión cuando tratamos de ponernos en los zapatos del otro o cuando los otros se quieren poner en nuestros zapatos. El ser humano, cuando entra en sí o cuando se vuelca hacia los demás, no deja de ser un misterio inaccesible a la mera razón.

Y si eso es así, si el misterio nos acompaña cotidianamente, podríamos decir que el ser humano debe habituarse a vivir en el misterio, dentro de él, frente a él. El misterio -aquello tan profundo que deja de ser accesible a la inteligencia- es una realidad que describe algo inherente al ser humano y por lo tanto se convierte en un llamado a aceptar lo trascendente, lo metafísico, lo religioso como algo no sólo posible sino como algo muy real pero no material. Nadie puede ver sus pensamientos pero los tiene, nadie puede ver su alma, ese motor que nos mueve interiormente, sin embargo, sabemos que dentro de nuestra carne hay mucho más que órganos y huesos. Lo interior al ser humano es esa neblina intermedia que nos une con el misterio de nuestro ser, material y espiritual a la vez.

Quisiera creer que todos valoramos esto como algo bueno y no como si fuera una proyección psicológica, una anhelo frustrado de grandeza, una esquizofrenia colectiva o algo de opio para el pueblo. Lo trascendente, el misterio y el hecho religioso son realidades que benefician al ser humano porque lo ayudan a caminar en la búsqueda de respuestas sobre su identidad y teleología. Hoy mucha gente critica a esta postura. Lo hace partiendo de varias premisas: lo metafísico no “existe” y por lo tanto no puede considerarse objeto de conocimiento; las creencias son privadas, no públicas; la religión ha causado muchos males y guerras en el mundo; la religión genera intolerancia; la religión es una actitud irracional, sentimental y falaz que no colabora con el desarrollo moderno, entre otras tantas premisas no sólo chatas sino injustas de antemano. Y así de prejuicio en prejuicio terminan exigiéndole al Estado que anule la Religión, la vete o la repliegue agresivamente del espacio público, calles, hospitales, colegios, juramentos y símbolos.

Mi audaz conclusión es que todo estado, en vez de replegar la Religión o las tradiciones espirituales de un pueblo, debería no sólo respetarlas sino promoverlas puesto que la religión no genera intolerancia, fortalece identidades; no es irracional sino por el contrario metaracional; no embrutece personas sino que las vuelve virtuosas y les genera la conciencia de ser ciudadanos caritativos, generosos y pacíficos.

Toda la Biblia, buena parte del Corán y otro tanto de la Torá hablan sin cesar del amor, de la caridad, de la bondad, del bien, de la justicia, de las virtudes, de la compasión, etc. ¿Quién fue el que plantó esta estúpida idea de que las religiones son “malas” para la sociedad? ¿John Lennon? No lo sé. Marx ya lo había hecho y año tras año, sus repetidores bobos han ido poniéndola en cuanto libro de colegio se podía con la idea de mentir mil veces de modo que algo quede…

La Religión debe ser defendida por el Estado porque existe un derecho humano directamente relacionado al Culto pero también por lo expresado, es profundamente humana y por lo tanto buena en sí misma. Sin embargo, si quisiéramos ser pragmáticos, en países como el Perú el 90% de sus ciudadanos es creyente de alguna denominación católica o cristiana. Y bueno, ¿para quien gobierna el Estado? Para el 100% de la población. Sí. Pero de ese 100% no tendría que atender primero a las grandes mayorías, justamente porque son las que representan el consenso sobre ciertas ideas. ¿No es esta mayoría la que le dio el poder a su gobernante? ¿No es esta mayoría su primer respaldo y base social? Pareciera que las minorías hoy son más importantes que las mayorías.

El tema es que el ser humano necesita del Misterio, de lo trascendente, y por lo tanto de la Religión. Si no quiere ser una persona creyente, no hay problema pero que los no creyentes no empiecen a querer aprovecharse de mentiras históricas para buscar relegar radicalmente a la Religión de los espacios públicos. Necesitamos espacios públicos religiosos, necesitamos Cursos de Religión en los colegios, necesitamos símbolos religiosos que generen devoción pero también responsabilidad espiritual en la gente.

Reflexiones al vuelo. Debo aceptar que mi lógica quizás no ha sido tan pulcra pero mi punto es que mientras una sociedad opte por secularizarse y volverse agnóstica debido a la presión del Estado o a la de grupos intelectuales minoritarios, más superficial, más pragmática, más egoísta, menos original, sólida y menos profunda será… Y entonces… ¿Algo cambiará? Sí, no sólo la fisonomía cultural, religiosa de un país, sino también su destino histórico y su destino más allá de esta vida. El ser humano necesita vivir esa trascendencia que se busca en comunidad.

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