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Un día te despiertas, o te acuestas, o simplemente te detienes. Piensas en el trabajo, en las cosas que no puedes manejar, en tus errores, en tu pasado, lejano o cercano, en aquello que aún te puede atacar por la espalda, en aquellas consecuencias que no puedes ni anticipar, ni controlar, ni siquiera mitigar.

Ese día tu conciencia está despierta, muy despierta. Cuestionas lo que dices, lo que miras, tus manos, tus dedos, tus pies, tu postura, los pasos que das, lo que escribiste o no escribiste, lo que produjiste o no, lo que los demás hicieron, hacen, dijeron o dicen. Y no perdonas nada, todo te sabe mal. Lo que escuchas no tiene sentido, no es lo que deberías escuchar; lo que observas no es lo que deberías observar y te vuelves a preguntar por lo hecho y lo por venir. No encuentras algo nuevo. Eres el mismo.

¿A dónde caminas con la mente en esta situación? No tienes a dónde caminar más que dentro de ti. Dentro de ti, en esa maraña de pensamientos cortos y llanos está la respuesta. Dentro de ti, en esa experiencia de sabor a cigarro mal fumado está tu habitación. Y en esa habitación tienes todo desordenado, pero qué despiertos están tus sentidos. Qué impotencia. Conciencia y caos. Conciencia y desánimo. Ser y no ser. Asincronía existencial en palabras de Luis Fernando Figari. Quieres ordenar la habitación pero sabes que no puedes anticipar el desorden, el caos, el dolor, la muerte, el vacío, la nada.

Ese día no es común. Y si lo es, preocúpate. Tener varios días con la conciencia abierta, y la habitación endeble y desordenada sin anticipar el huracán que la puede desordenar nuevamente no es algo bueno. Las dos cosas que hiciste para salir de este estado no funcionaron: buscaste distracción, buscaste compensarte. No funciona. Ambas constituyen impulsos que vienen del exterior, de algo que no eres tú y que por lo tanto no te pertenece. Debes quedarte en el desorden. Mirarlo un rato. Aceptarlo, quedarte quieto un rato largo. No moverte. Se trata de la “paciencia de ser”, en palabras de Paul Gilbert. Se trata de soportarte a ti mismo.

Mañana todo será igual. No habrás ordenado la habitación. Tendrás mil pendientes, tendrás mil cosas, carecerás de otras mil. Sigues siendo tú. Eso es lo único real. Lo que tienes o recibes, lo que viene de fuera no sirve si no eres lo que debes ser. Alguien se preguntará “¿cómo puedes dejar de ser lo que eres? ¿No acabas de decir “sigues siendo tú”?” Sí, pero el misterio de nuestra pobre condición humana consiste en que podemos poco a poco dejar de ser y acercarnos a la nada, traicionar nuestro ser y optar por ser otra cosa. ¿Cómo? A través de tus oscuras, caóticas y desordenadas acciones. Tu actuar te hace ser y eres en acto, de modo que aunque tu esencia no cambie, la negarás tanto que terminarás viviendo como si no fueras lo que eres y finalmente esa tenue luz en tu interior, puede desaparecer. De hecho ya te cuesta verla.

Tener muchas cosas te aleja de ser, te aleja de esa habitación desordenada que siempre tienes que ordenar. Por tener mucho se llenó tu habitación de basura y ahora tener mucho te aleja de esa frágil pero realista conciencia que te permite ver las cosas que no puedes manejar, tus errores, tu pasado, lejano o cercano, aquello que aún te puede atacar por la espalda, aquellas consecuencias que no puedes ni anticipar, ni controlar, ni siquiera mitigar. ¿Qué nos queda? La paciencia de ser. ¿Qué sería bueno que busques? Ayuda. Siempre necesitamos ayuda. Y siempre que seamos conscientes de ello, aprendemos a querer y entender nuestra desordenada habitación, todos los días. Las consecuencias no serán controladas pero sí comprendidas. Lo que te ataque no será bienvenido pero sí soportado. Avanzas. Alguien te ayuda.

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