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El peruano, criollo y hábil para generarse recursos (trabajando o no), ha encontrado como descentralizar hasta el paternalismo. Así es. Los historiadores, sociólogos y politólogos de todas las tiendas coinciden en que en el Perú el Estado ha tenido siempre una actitud paternalista. Muchos intelectuales, también de bandos diversos, han sabido notar que el paternalista por excelencia es el mismo peruano y, siendo justos con el Estado, que este paternalismo más que un mal político o estatal es una interferencia genética en nuestra idiosincrasia popular.

Partiendo de esta reflexión, frases como “el Estado tiene la culpa”, “todos los funcionarios públicos son corruptos”, “qué pasa con el estado que no llega por estos lugares”, “es culpa del Estado que no interviene”, etc, etc… se explican no sólo porque efectivamente el Estado ha tenido muchísimas dificultades para llegar a los lugares más alejados de este complicado país, sino también porque nosotros los peruanos siempre hemos querido cargarle la culpa al otro y el otro más adecuado siempre fue el presidente, el congresista, el político o la generalidad del Estado.

En este sentido, les cuento un caso real: lo que ocurre en Moquegua (y cada vez más en otros lugares del país).

Es más o menos evidente que en muchas provincias del Perú, hasta hace poco, la principal actividad económica era la agricultura. Podíamos encontrar una agricultura muy básica, con poca técnica, minifundista, sin articulación, pero al final era la actividad económica principal de cientos de miles de familias peruanas.

Resulta que desde que la minería aporta directamente a las arcas de los gobiernos locales y, ojo con esto, desde que los gobiernos locales NO saben cómo utilizar ese dinero de manera inteligente, vemos cada vez más municipalidades que ejecutan programas “piloto”. ¿Qué es un programa piloto? Es un programa por el cual la municipalidad contrata a la población, sin ningún tipo de calificación, para realizar tareas de mantenimiento, limpieza, construcción, guardianía, entre otras. Los sueldos que pagan están fuera del mercado, son sueldos puestos a dedo, según la cantidad de dinero que el alcalde quiera pagar (o, mejor dicho, invertir en ganarse el favor popular). El pago es inmediato, prácticamente diario, y la transacción no trae consigo ningún valor agregado: no se le pide al beneficiario que realice ningún tipo de acción colateral que tenga que ver con el beneficio de su familia, como matricular a su hijo en el colegio, insertarse en SIS, o participar también de otros programas de desarrollos de capacidades. Es una contratación muy bien pagada, casi informal  y para realizar prácticamente cualquier cosa.

Estos proyectos pilotos generan 3 cosas, a primera vista, y basándonos en lo que nuestros propios ojos han visto:

1. Naturalmente, algún miembro de la familia, y en no pocas familias, participan de estos “proyectos”. Uno puede ver señoras que ganan 1200 soles por limpiar carreteras o 100 soles diarios por un jornal de trabajo limpiando calles, dirigiendo el tránsito o cuidando la puerta de la municipalidad. Esta participación condiciona dos cosas: la dedicación a su, hasta ese momento, principal actividad, la agricultura, y también la dedicación a su familia. La población prefiere ser contratada por el gobierno local que trabajar en sus tierras y atender a sus hijos o esposos o esposas.

2. Los pobladores saben que este dinero viene de la minería y por lo tanto, condicionan su voluntad política a que este tipo de programas continúe. Es decir, saben que el alcalde, al permitir que la minería formal invierta en la su localidad está obligado a “sacarle plata” y a que esa “plata” vaya directamente al pueblo. Los proyectos piloto son una forma rápida, fácil, informal, no especializada de transferir el dinero de la minería a la población pero sin enseñarles a pescar, sino simplemente, dándoles el pescado ya frito y sazonado.

3. Resulta que, ustedes se imaginarán más consecuencias, este tipo de “proyectos” bloquea la posibilidad de que ONGs, entidades públicas o incluso las mismas empresas inviertan en articulación comercial, impulso productivo local o desarrollo de capacidades, porque no pueden competir con los beneficios que estos fenomenales pilotos generan. Si una entidad quiere invertir en articulación, necesita una población comprometida con la producción, con su tierra, con la mejora de sus capacidades técnicas. Esto ya no es tan fácil porque cuando vas y les dices “¿quieres participar de un proyecto productivo?”, prácticamente te responden “¿cuánto hay?” o “¿pagas más que la municipalidad? ¿qué incentivos nos das?”… Así de crudo.

Regalar el dinero de esta forma es irresponsable y genera una seria de externalidades negativas, cuantificables y no cuantificables, tremendas . Deriva la energía humana a trabajos no calificados temporales que simplemente generan caja; afianza el paternalismo, ahora descentralizado y localista, en vez de promover el emprendimiento y la competitividad; genera una mirada distorsionada del rol de la autoridad local y de la misma minería; instala de forma inconsciente o consciente la pereza mental, la inutilidad, la conchudez y la mentalidad de la mamadera. Al menos discutámoslo.

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